
Desbordar el bordado: un libro viajero
Nueve objetos naturales son el punto de partida de esta obra: una hoja de roble, un trozo de obsidiana, un fragmento de un nido de avispas, una estrella de mar, una pluma, la concha de un caracol, un digüeñe, un insecto conocido como “caballito”, un trozo de corteza de árbol. Nueve objetos pequeños recolectados por la artista, sin más valor que su apariencia atractiva si uno se demora en ella. Casi todos ellos fueron seres vivos, o parte de alguno. Ahora son cosas inertes, pero cobran nueva vida en esta obra. Su paleta de colores va desde el negro profundo y brillante con matices verdosos de la obsidiana hasta la delicada palidez translúcida del cañón de la pluma, pasando por la sutil escala de grises de la caparazón del insecto, los verdes, cafés y crema de la corteza o la espiral del caracol. Son testigos silenciosos de una vida que transcurre al margen de la Historia, de los grandes acontecimientos, guerras y catástrofes, en un nivel más ínfimo y pausado.
Mónica los fotografía sobre un papel blanco, los dibuja y luego los borda sobre tela, en escala uno a uno. Los convierte en imagen, replicando laboriosamente su aspecto para que podamos mirarlos de nuevo y verlos como por primera vez, maravillados ante sus colores y formas y ante el oficio que supo reproducirlos con exactitud, en todos sus detalles. Se trata de un proceso de traducción en el sentido fuerte, una interpretación y una transformación que pasa por la captura instantánea de la máquina de fotos y luego por el trabajo lento de la mano y el ojo con el hilo, la tela y la aguja, que a través de innumerables decisiones va produciendo el efecto de que el objeto está presente ahí, ante nuestros ojos, en ese entrelazarse de puntadas y colores.
Bordar es una actividad tradicionalmente asociada con lo femenino, con las labores domésticas y los oficios manuales que no aspiraban a ser considerados arte, sino apenas artesanía. Pero está lejos de ser una tarea menor: “Tejer o bordar son actos definitivos, mucho más definitivos que producir una atómica. Si la historia la hiciesen las mujeres”, escribe Margo Glantz, “se registraría el descubrimiento de la aguja y del hilo como el inicio de la era moderna.” En “La modernidad empieza con la aguja”, un breve texto sobre ocupaciones como coser y bordar, cocinar y barrer, ella reflexiona acerca de los ritmos y mitologías asociados a estos modos de trabajo, y de su actualidad en una época en que las mujeres salieron del confinamiento doméstico, pero conservan en sus modos de relacionarse con el mundo algo de esa cadencia cotidiana pausada y paciente.
Toda la obra de Mónica juega con esos imaginarios, pero también los trastoca y complica. En su trabajo ombligos, niños durmiendo o cepillándose los dientes, un lavatorio, la propia artista de espaldas lavando ropa en la tina, juguetes tirados en el piso, verduras y frutas, estantes con lomos de libros o libros abiertos, se transforman en constelaciones de fotografías, dibujos sobre servilletas, pinturas de fieltro y bordados. En su retrospectiva en el Museo Nacional de Bellas Artes, recuerda la artista, estas reconstrucciones minuciosas de lo infraordinario, lo que vemos día a día sin considerarlo importante, tentaban a los espectadores a tocar las obras, lo que en ese contexto activaba las alarmas del museo. “Un libro viajero” responde a ese impulso con la invitación a recibir por correo una obra de Bengoa, conservarla en casa unos días y devolverla por el mismo medio, retribuyendo de algún modo a esa visita.
Los bordados, entonces, se plegaron y entraron en sobres, junto con tres pares de guantes y dos textos con información sobre el proyecto e instrucciones para participar en él, en un gesto que evoca el arte postal y hace pensar en particular en el precedente de las conocidas Pinturas aeropostales de Eugenio Dittborn. Pero las diferencias son muy elocuentes: las obras de Dittborn son objetos de grandes dimensiones que viajan para desplegarse en museos o galerías del mundo, y para ser contempladas sin tocarlas en los muros de estas instituciones, dispuestas verticalmente ante el cuerpo del espectador. Las de Bengoa son paños de tamaño relativamente pequeño (46,5 x 60,5 cm), para ser colocados en principio de manera horizontal sobre una mesa, cama o escritorio, a una altura menos reverente, desacralizando la contemplación. Desprovistas de la rigidez del marco o bastidor, pueden tocarse, aunque con cuidado para no mancharlas (por eso los guantes), y están pensadas para insertarse discretamente en la rutina cotidiana de una casa, para infiltrarse en las vidas de quienes las reciben, transformarlas con su presencia y volver a su lugar de origen para luego exhibirse junto a las respuestas que suscitan.
Estas respuestas son la parte de proyecto que desborda los bordados, que se sale de sus límites y los lleva más allá de su contención formal, de su autosuficiencia como obras, exponiendo el revés de la trama, la otra cara del arte, más desordenada y dispareja, caótica e imprevisible. Como una serie de variaciones musicales a partir de una melodía, estas respuestas proponen resonancias de cada bordado, en formatos tan diversos como textos (cartas, poemas, ensayos, diarios), objetos (porcelanas, bordados, cajas, libros, ensamblajes), imágenes (fotos, dibujos, grabados, pinturas) y registros sonoros o audiovisuales. Las personas que respondieron a la convocatoria son, en su gran mayoría, mujeres, lo que da para pensar bastante sobre la identidad de género y la disposición a entrar en este juego. Son artistas, profesoras, escritoras o profesionales de otros campos, a veces conocidas o amigas de Mónica, pero también desconocidas que llegaron a través de las redes sociales, de Santiago o de diversas regiones del país. Cada una recibía un bordado y lo conservaba en su casa por cinco días antes de mandarlo a la siguiente persona de la cadena, con el compromiso de enviar luego una respuesta.
Fernando Pérez Villalón
Doctor en Literatura comparada, escritor y académico
Publicado en el leporello que acompañó la muestra “Un libro viajero {de nueve idas y ochenta u tres vueltas – Tomo I}”, realizada en el Centro de Documentación Angélica Pérez Germain, del Museo Nacional de Bellas Artes, Santiago, 2026.
Asomarse a estos envíos nos conecta con un conjunto amplio de personas que se prestaron a este experimento y que responden entusiastamente al desafío de producir algo a partir de la obra que reciben. Hay reflexiones sesudas, momentos de perplejidad, registros de la vida cotidiana y sus actividades, relaciones con el entorno natural y con sus ciclos. Muchas veces las respuestas combinan la imagen y la palabra, como si la obra exigiera reaccionar desde lo sensorial y desde lo verbal al mismo tiempo. Si bien la obra se enviaba a un individuo (o en un único caso a una pareja), la relación con la obra conserva las huellas de una vida familiar y social más amplia. En un video aparecen los padres de la destinataria, en varios escritos se cuela la presencia de los hijos, que a veces participan en la elaboración de la respuesta o de la convivencia con la obra, comentada en conjunto, y en un par de casos la obra se comparte en talleres con estudiantes y niños que elaboran cada uno sus respuestas, multiplicando así la devolución.
Estos pequeños objetos cotidianos bordados se transforman entonces en pretextos para un intercambio de ideas, sensaciones, palabras, objetos, acciones, como una red que se lanza y recoge y regresa cargada de afectos que expanden los límites de la obra, abarcando ahora a quienes convivieron con ella, un poco como los parangolés de Hélio Oiticica, pensados no para exhibirse sino para ponérselos y bailar con ellos. Estas obras a su manera invitan también a bailar, a participar en un juego, a co-laborar, trabajar en conjunto, aunque muy lejos de la obligación, de la repetición tediosa y de la obsesión por la productividad. “Un libro viajero” es un pretexto para despabilar la mirada y abrirla al deslumbramiento y la curiosidad ante lo que nos rodea, ante todo eso que permanece invisible hasta que lo descubrimos nuevamente y nos permite vincularnos de otro modo con el mundo, con las cosas, las personas, con nosotros mismos, con los bordes y desbordes que nos constituyen.




