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notas breves (para oír los susurros, resolver enigmas y no perderse las pequeñas apariciones que crecen por aquí –y también por allá–) (2026)

silencio…

no se trata de ese silencio solemne que suele inundar los lugares del arte, ese que arrastra consigo un murmullo uniforme que termina por enrarecer el ambiente.

tampoco es aquel que tiende a confundirse con un vacío lechoso, con ausencia de ruido.

diría, más bien, que es uno que surge de la inmovilidad del cuerpo cuando este se dispone a escuchar, con los ojos cerrados, las manos muy abiertas, y con la piel erizada por la anticipación.

y así, respirar el silencio, respirar para aquietar el alma.

para calibrar la atención, para escuchar los susurros, sentir las pequeñas vibraciones, las corrientes de aire que cruzan de habitación en habitación.

solo entonces es posible notar la humedad suspendida, esa que trepa lentamente por los muros y que, de pronto, se detiene frente a la sequedad de esas plantas que han decidido crecer –sin permiso– en los improbables enclaves del lugar. desde ahí nos observan, aparentemente inertes, mientras parecieran conversar con quienes habitan del otro lado: del espacio, de la tierra, de la luz.

en esos rincones entretejen historias invisibles, historias que crujen sutilmente emergiendo desde el fondo. pero hablan tan bajito que tiendo a confundir ese sonido con mi respiración, de modo que para escucharlas se hace necesario retener el aire unos segundos, calibrando la atención.

de ese ovillo ininteligible brota algo que recuerda a palabras dichas en una lengua que no consigo descifrar, quizás solo intuir (¿o tal vez son tan recientes, que aún no han terminado de hilar su propia voz?). ligeras, permanecen suspendidas un momento hasta que se desvanecen apenas vuelvo a respirar, y aunque no logre nombrarlas, ese breve encuentro modifica la ruta trazada, dejando ver, por un instante, lo que antes simplemente no estaba ahí.

o tal vez sí…

porque la invitación “de susurros, enigmas y apariciones” es a detenerse a mirar con los ojos cerrados, escuchar con los oídos taponados de hierba, tocar con las manos atadas a la espalda, mientras el alma abandona el cuerpo y vuela al encuentro de cada imagen, cada sonido, cada roce.

Texto de sala escrito para la muestra “De susurros, enigmas y apariciones” de Francisca Larraín Ibañez, exhibida en Casa Palacio, Santiago, 2026.