
«Son algo más de doce y medio metros cuadrados
En su lado oriente, de norte a sur, se ubican:
Una planta mediana, cuyo nombre nunca retuve. En su base mide unos sesenta centímetros de diámetro, con hojas medianamente largas, de bordes ondulados, que crecen ordenadas de manera concéntrica. Florece varias veces al año, aunque eso lo noté recién ahora, que veo cómo empiezan a asomarse en el extremo de sus largas y delgadas varillas de color verde claro –mucho más claro que el de sus hojas– unas diminutas florecitas de un rosa intenso, entre las cuales se asoma un puntito blanco, que no sé qué es. Lo extraño es que a veces sus flores son blancas, alternadas con otras lilas; su textura es más bien seca y me recuerda esas Siemprevivas que utilicé hace casi veinte años en una obra que hice en Km0, mi primera residencia, en un pueblito cerca de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia. ¿Será una Siempreviva?
A continuación, creciendo pegado al borde de las baldosas, hay un Geranio. Ha sobrevivido milagrosamente a los escombros que se acumularon durante meses, cubriendo casi todo el patio cuando hicimos la remodelación. Mide unos ciento treinta centímetros de largo, por unos cuarenta de ancho y unos setenta de alto. Logré sacarle casi todas las manchas de pintura que le cayeron encima y ahora goza de buena salud. Al rozarlo, sus hojas desprenden un aroma intenso y agradable, distinto al de las flores, creo que es más cítrico, pero lamentablemente carezco de la precisión necesaria para describir adecuadamente los olores, de manera que sólo puedo decir que me encanta. Bajo sus hojas, y a su derecha, se esconde un Romero; le ha costado crecer, pero creo que ya se afirmó. Más hacia el sur, entre las hojas del Geranio se van asomando los largos tallos de unos ajos chilotes, deben ser unos cinco o seis…»
He querido comenzar mi intervención mostrándoles un fragmento del video “trescientos cuatro por cuatrocientos diecisiete”, realizado el año 2020 a partir de un texto que escribí en el marco de una invitación del artista visual y académico Enrique Matthey, quien convocó a personas de distintas edades y oficios a compartir alguna experiencia u observación surgida durante la pandemia, un período introspectivo marcado por la incertidumbre, el dolor, pero también por una renovada sensibilidad hacia aspectos de la vida cotidiana que antes pasaban inadvertidos. “Esos grandes detalles. 92 relatos escritos durante la pandemia”, fue la publicación que los reunió.
Y si he comenzado así, leyendo algunos pasajes de mi respuesta, no ha sido con el afán de aburrirles espantosamente con la descripción detallada de las plantas de mi pequeño jardín. He intentado, más bien, sumergirnos en un tiempo distinto, más lento, uno que procuro habitar desde y con mi trabajo.
La lectura de «Terrenalidades» ha sido como transitar así, lentamente, por un sendero en espiral, uno que comienza angosto, cercano y luego se va abriendo, alejando hasta retornar, de pronto, al patio de mi casa. Porque sin conocernos hasta esta invitación, he podido advertir en Manuel una mirada familiar: sus ojos se van posando con sensibilidad en asuntos que también he observado, pero a través de cada relato suyo, me ha invitado a mirarlos de otro modo.
En esas primeras vueltas me he reencontrado con las abejas que he fotografiado, bordado, reproducido en grandes murales con flores de cardos teñidas… he admirado la capacidad de organización social de esos increíbles himenópteros, sin notar que esa habilidad se extiende más allá de su especie, involucrando también a quienes, reconociendo su ingobernabilidad, han sabido asociarse respetuosamente con ellas. He compartido la compasión contradictoria por ese eucalipto quemado, ese “muñón, zombie arbóreo, no completamente vivo, ni totalmente muerto […] Con todo, digno”, nos dice Manuel, y sigue: “Y, sin embargo, un árbol, y no mucho más –ni menos–.” (Tironi, 65)
Esos insectos y plantas fueron adquiriendo de manera creciente pero ineludible unas dimensiones nuevas en la medida que avanzaba a través de este glosario elemental. Ha sido como sumergirme paulatinamente en aguas conocidas que fueron cambiando de color hasta verme sorprendida nadando en un mar violeta.
Más adelante el camino se abre tanto que ya no es posible distinguir su curvatura; entonces leo –en voz alta, como se sugiere–, en un intento por sumar otros sentidos a la lectura, pasarla por el cuerpo buscando una comprensión más amplia, rica y compleja, donde todo se cruza e interconecta. Leo, de pié frente a la inmensidad de un paisaje agónico, aterrador, y sin embargo, siempre sublime.
He pasado años arrodillada en la tierra, mirando con lupa pequeños seres insignificantes, pedacitos de casi nada que suelen pasar inadvertidos, cuyo valor no obstante es inconmensurable ya que en ellos se sustenta la vida. Y ahora en cambio, desde esta cumbre a la que me siento invitada a subir, veo pasar manifestaciones gigantescas de la naturaleza –tsunamis, volcanes, fuerzas electromagnéticas–: “Un martillo sólido. Un martillo sólido de 600 km de largo y de mil millones de kilos. Simplemente haciendo espacio para su despliegue. Sin consideración. Indiferente. Inescrutable […] Realidad en su expresión más radical. Y sin embargo un tsunami no existe” (Tironi, 141), nos revela el prisma lúcido de Manuel.
Y también las consecuencias catastróficas del quehacer humano que adquieren, en sus palabras, unas profundidades sobrecogedoras, a ratos terroríficas, si bien siempre poéticas. Imposible no estremecerse con la figura ominosa de ese chocolate, que “hacía cosas”, señala Manuel y –para mí tal vez lo más relevante–, ese daño causado pareciera ser “poco espectacular”. O cómo evitar la sensación de ahogo e intoxicación frente a esa nube azulada que a ratos tiñe el paisaje de Puchuncaví (“la” nube, único término del glosario que se presenta con artículo definido, sumando un tono inquietante desde la primera línea). Así, Manuel nos comparte su “experiencia de estar envuelto en sustancias volátiles que afectan mi cuerpo por debajo de la línea de perceptibilidad técnica, pero que lo hacen ubicuamente, de manera completa y asfixiante” (Tironi, 86-87). Y se pregunta si “el abandono puede convertirse en una experiencia sensorial. O el descuido. O la injusticia. Y si estas sensaciones psicoquímicas pueden experimentarse colectivamente” (Tironi 88).
Esta idea no deja de rondarme; me sigue como una sombra que a veces se atrasa unos pasos mientras camino, pero luego me alcanza apenas me descuido. Cuando el daño va más allá del aire, el agua y la tierra; más allá de la piel y los órganos y termina por colarse en el alma de los que fueron, de los que son y los que serán: ¿cómo seguir?
Recuerdo entonces esa imagen que Manuel nos regala: “No hay algo llamado ‘vida’ y, en paralelo, cual final, operando en un campo de tiempo y espacio otro, algo llamado ‘muerte’, sino un trenzado donde profusión y extenuación, crecimiento y declive, reducción y oxidación van creando la textura compleja que llamamos existencia” (Tironi 102).
Así, vuelvo a mi jardín, acompañada esta vez de Ester, Ernestina y Ana; junto a ellas limpio y cuido yo también mis plantas –consciente de mis enormes privilegios–, conmovida por esa ética que las empuja a hacer “algo, aunque sea fútil e íntimo, para impugnar el daño –y, por tanto, invocan la posibilidad de un proyecto social alternativo” (Tironi 117).
El viaje por este Glosario elemental para futuros abundantes ha sido una invitación a cambiar el lente macro –que es el que suelo cargar conmigo para observar insectos, hongos y pequeñas plantas– por un gran angular que me ofrece un espacio gigante, colmado de laberintos y complejidades, cuya escala –tan opuesta a mis usuales objetivos– devela, no obstante, que padece la misma deliberada invisibilización.
Y, finalmente, me invita a cambiar nuevamente el lente, esta vez por un 50 mm –que es el más cercano a la visión del ojo humano– y a quedarme ahí, sentada con una taza de té en la mano, cargada de tantos afectos, escuchando cómo resuenan sus palabras, escogidas con fina precisión.
Escrito con motivo de la presentación del libro «Terrenalidades. Glosario elemental para futuros abundantes» de Manuel Tironi (FCE Chile, 2026), realizada en el Museo Chileno de Arte Precolombino, 28 de julio 2026.
