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Ejercicios de ceguera y de sordera es el título de un capítulo del libro El gran cuaderno, de la escritora húngara Agota Kristof, cuyos textos había utilizado antes en algunas de mis obras. En esta oportunidad decidí usarlo en una obra que formaría parte del segundo proyecto de Diálogos del Reconocimiento, en cuya primera versión participé trabajando junto a María José Delpiano, en torno al problema de la traducción –de idiomas e imágenes– siendo Composición de palabras la obra resultante.

En este nuevo proyecto, desarrollado durante los años 2016 y 2017, el objetivo fue involucrar, además de la reflexión interdisciplinaria, a una comunidad indígena. La idea era aprovechar el trabajo de campo que fundamentalmente antropólogos han venido desarrollando durante muchos años en distintas localidades, y sumarse a sus reflexiones desde las visiones particulares que las artes visuales pueden entregar. Pero aquello que parecía ser bastante sencillo, con el andar del tiempo se tornó en un desafío complejo: a las sabidas desconfianzas de quienes pertenecen a pueblos originarios, se le sumaron las naturales diferencias que existen entre investigadores provenientes de distintas disciplinas –de edades e intereses muy diversos–, las que enlentecieron, e incluso a ratos bloquearon, el avance del proyecto.

Sin embargo, hoy pienso que ese mismo bloqueo me permitió reencontrar y releer desde un lugar distinto, aquel texto de El gran cuaderno que había leído tantas veces antes. Así, elegí el siguiente fragmento para realizar esta obra tejida a palillos en lana natural:

“Ejercicio de ceguera y de sordera

Uno de nosotros hace de ciego, el otro hace de sordo. Al principio, para entendernos, el ciego se ata una pañoleta negra de la Abuela alrededor de los ojos, y el sordo se tapona los oídos con hierba (…)

El sordo describe lo que ve:

—La calle es recta y larga. Está bordeada de casas bajas, de una sola planta. Están pintadas de blanco, de gris, de rosa, de amarillo y de azul. Al final de la calle se ve un parque con árboles y una fuente. El cielo está azul, con algunas nubes blancas. Se ven unos aviones. Cinco bombarderos. Vuelan bajo.

El ciego habla lentamente para que el sordo pueda leer en sus labios:

—Oigo los aviones. Producen un ruido entrecortado y profundo. Su motor sufre. Están cargados de bombas. Ahora, ya han pasado. Oigo de nuevo a los pájaros. Si no, todo estaría silencioso (…)

Más adelante, con el tiempo, ya no necesitamos ni pañoleta para los ojos ni hierba para los oídos. El que ha hecho de ciego vuelve simplemente su mirada hacia adentro, y el sordo cierra los oídos a todos los sonidos.”

Siempre había leído este capítulo desde la importancia del trabajo conjunto, de la necesaria confianza en el otro que nos completa y cómo, en definitiva, solo sumando es posible construir aquello que jamás se lograría en solitario. Pero esta vez, en cambio, lo leí también desde la desesperanza, desde ese momento en que se cierra la puerta al mundo, eliminando toda posibilidad de contacto.

Comencé a tejer a fines de noviembre del año 2016 y terminé de unir los nueve paños el día 22 de julio del año siguiente.

exhibited in

Territorios Alternos

22 agosto - 29 septiembre 2017

Exposición colectiva en Centro de Extensión UC organizada por el Centro de Estudios Interculturales e Indígenas (CIIR).


  1. © 2018 mónica bengoa

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