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La temporada exhibitiva del 2017 cierra con una muestra imperdible. Cada vez que una idea se vuelve lengua franca es el momento preciso para cuestionarla. Desde hace una década que el rol del curador se ha vuelto esencial para las instituciones museales en Chile.

Sin embargo, pocas veces asistimos a un esfuerzo tan loable emprendido por una sola artista para elevar una exposición individual a un grado de reflexión, conceptual y museográfica, que existe sólo gracias al desarrollo de la curatoría desde los años 70.

Me refiero a la ambiciosa retrospectiva que Mónica Bengoa presenta en toda el ala sur del Museo Nacional de Bellas Artes. Titulada «Tentativa de inventario», el conjunto revive más de dos décadas de proyectos artísticos. Piezas de gran formato, murales con servilletas, textiles o fieltro, conjuntos fotográficos, todas obras cuya temática se centra en la vida íntima: la maternidad, la infancia, el cotidiano y la lectura. El principal acierto curatorial se encuentra en el despliegue fenomenal de dispositivos que presentan obras site-specific («Sobrevigilancia», del 2001) como a su vez todos los procesos técnicos de sus piezas más complejas («enero, 7:25», del 2004; o «Ejercicios de estilo», de 2014). La fórmula elegida para narrar la propia historia de la artista tiene un correlato con su visualidad: escalas, colores y gamas, es decir, ha traducido la cronología en un lenguaje que tenga una hermandad con el conjunto. Por supuesto que no se queda atrás respecto de instalar el debate de los años 90 sobre la vida cotidiana en el día de hoy. Para una generación que vive dulcemente entre los grandes relatos (el revival socialista) y lo nimio llevado a lo global (Instagram y Facebook), volver la mirada hacia las emociones más primordiales le debe parecer absolutamente contemporáneo.

Mucho de lo que expone Mónica Bengoa corresponde a una sensibilidad colegiada con la sociedad actual, tan dada a filtrar su propia privacidad hasta convertirla en imagen reproducible, ampliable y cliché. La preocupación de la artista, aunque parezca más humanista (de personas más que de palabras y cosas), corresponde sin pudor a la manera como la técnica artística captura con precisión los gestos menores, las zonas muertas y los tiempos de espera (desde el barroco de van Goyen pasando por el realismo de Millet hasta el fotorrealismo de R. Estes). La obra más ejemplar para esta idea es «203 fotografías», de 1998. Una pieza que bebe del impulso performático de Tehching Hsieh, pero con la ternura de Vermeer Finalmente, en una década consumida por la captura del instante en un solo dispositivo (registro, archivo y comunicación all in one), los ejercicios de Mónica Bengoa demuestran el valor de la dislocación de escala («Algunas observaciones de mediodía», del 2012), las propiedades de la manualidad y del trabajo («Ejercicios de fortalecimiento del cuerpo: distensión», 2002), es decir, una forma de insistir en el dilema histórico que asocia la mano al ojo y viceversa. La imposibilidad de resolver ese dilema se convierte en un rédito inmejorable para el arte contemporáneo.

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Tentativa de Inventario

06 diciembre - 11 marzo 2018

Exposición retrospectiva en el Museo Nacional de Bellas Artes MNBA.


  1. © 2018 mónica bengoa

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