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Desde sus murales de comienzos de los años 2000, Mónica Bengoa viene repitiendo similar estrategia, donde fotografías de su espacio íntimo son deconstruidas a través del computador, para luego reconstruir la imagen a gran escala a través de una manualidad maniática que acude a módulos objetuales para repetir las formas y colores del registro en una suerte de pixelado. Lo hizo, por ejemplo, en 2001, con la foto del lavamanos de su casa llevada a grandes dimensiones, ocupando nueve mil 160 flores de cardos teñidas (“Sobrevigilancia”); y, en 2005, con la imagen de juguetes desparramado debajo de una cama, recreada mediante dos mil 600 servilletas de papel coloreadas a mano (“enero, 7:25”). En 2007, Bengoa volvió a pintar flores de cardos, representando a Chile en la 52 Bienal de Venecia con “Some aspects of color in general and red and black in particular”, cuarto enormes murales que llenaron las paredes de una habitación con reproducciones de imágenes de insectos sacados de libros de ciencia, en diversidad de tonos rojos, grises y negros.

El modus operandi es un proceso que se repite. Sólo los referentes de las fotografías y los materiales en la confección de obra pueden ir cambiando, aportando nuevas implicancias a una operación que básicamente habla de los traspasos de la imagen, refiriéndose también a las técnicas digitales, a la pintura o al proceso de la mirada, tensionando lo privado con lo público, lo micro y lo macro, o la relación entre cuerpo, manualidad y tecnología.

En 2009, con el proyecto “Entre lo exhaustivo y lo inconcluso”, la autora dio un giro y, a través del dibujo en gran escala, mostró en distintas obras la metodología de trabajo de sus murales: sin colores y sólo con los códigos que los representan, señalando distintas zonas en la imagen, los mapas cromáticos que estructuran la morfología de las fotografías de origen de los insectos.

En 2012, “Einige Beobachtungen über Insekten und Wildblumeno Algunas consideraciones sobre los insectos y las flores silvestres”, continúa esta línea de trabajo, insistiendo en las imágenes de libros de ciencia y en la idea del mapa, pero volviendo al color; deconstruyendo los tonos, las luces y sombras de las fotografías a través de zonas cromáticas, no de esa suerte de pixelado que ha trabajado con flores de cardos y servilletas, sino con pedazos de fieltro calados a mano, recortados, troquelados y sobrepuestos con precisión matemática hasta reconstruir la imagen fotografiada gracias a un efecto óptico que concluye a la distancia.

Son tres murales –dos en tonos rojos y otro en gamas de grises– que muestran distintos registros de un libro abierto en un zoom in donde es posible descubrir cada detalle de los textos e imágenes de flores e insectos, desde las letras hasta la nervadura de pétalos y alas. El fieltro recrea incluso los desenfoques de la cámara. Un cuarto mural, en blanco y negro, representa en cambio una toma del jardín de la casa de la autora, siendo un trabajo sobre la luz y la sombra: es la intensa claridad del mediodía que recorta las formas del follaje con un efecto gráfico frío visualmente, pero cálido matéricamente: algo que descubrimos al acercarnos y percibir la textura del material.

La obra de Bengoa obliga a ejercitar la mirada en un doble juego que es también experiencia de cuerpo. De lejos, nos enfrenta a un muro con una imagen fotografiada y, de cerca, a un territorio o geografía donde los distintos estratos, los relieves y sobrerrelieves, las cumbres u oquedades, pueden ser también capas de pintura, formas de colores puros que gozan de una calidad sensual, incluso escultórica. Entre la imagen y el fieltro, se genera una tensión que pasa por la frialdad del modelo y la calidez de la materia. Están la distancia obligada para apreciar la reproducción desplazada de una imagen mínima en un mural, el espacio íntimo en formato publicitario, y la cercanía necesaria para saciar una curiosidad primordial sobre el cómo está hecho. De lo lejano a lo cercano, de la frialdad a la calidez. También en el título –de la frase en alemán a su traducción en español– existe este recorrido, drástico y conceptual, que nos conduce igualmente del ámbito de la ciencia y la tecnología a la experiencia estética y el encuentro con la manualidad, pero una manualidad rigurosa y obsesiva, que intenta emular el recurso tecnológico.

A través de este mapa de estrategias, materiales y conceptos, nuevamente persiste la fotografía traspasada, pero en el acto del corte y pegado del fieltro hay una clave que nos lleva al instante mismo del desplazamiento: frente a la toma fotográfica y el encuadre digitalizado, la necesidad del oficio para efectuar el corte y encuadre del indicio, para aprehender la inmaterialidad del registro en cuerpo que seduce y nos envuelve.

  1. © 2017 mónica bengoa

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